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el blues del exiliado

El aragonés

Me declaro admirador y defensor de lo aragonés por el mero hecho de serlo. Aunque también tengo capacidad para admirar y defender lo vasco, lo gallego o lo extremeño, no vayan a pensar ustedes que soy excluyente, que con estos temas hay un sector importante de la población muy sensible. Pero hoy quiero reflexionar sobre nuestra lengua, el aragonés, silenciada desde afuera y repudiada desde adentro. Resulta desalentador ver como no somos capaces de gestionar de un modo firme y serio nuestro propio legado cultural. Y no estoy hablando de imponer el aragonés en las aulas como modelo educativo, ni de renunciar al castellano, ni al kazajo. Lo que pretendo decir es que nos deberíamos de querer un poco más y que desde el Gobierno de Aragón se tendría que articular de una vez por todas una Ley de Lenguas dinámica y de futuro que ayudara a salir al aragonés del ostracismo en el que se encuentra. Y deberíamos comenzar con cosas sencillas, cotidianas, como rotular en bilingüe los nombres de nuestras calles, nuestros pueblos, etc. Es obligación de todos sacar el aragonés a la calle, con orgullo, y acercarlo al pueblo, un pueblo que nunca debió dejarlo agonizar.
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